lunes, 26 de marzo de 2012

Una visión calida / A warm vision


Right now I’m high. On Sun and music.
A couple of hours ago I was going to the supermarket while I enjoyed the radiant Sun, whose rays were stifling me in a way that, surprisingly, was anything but unpleasant, when in my iPod this song started playing.
 
A few instants later everything had changed: I was in peace; all that new-age rubbish about harmony, inner peace, the Zen, etc. seemed sensible and natural; everything I made happened in an automatic way, from crossing the street to bending down to take the  vegetables at the supermarket; everything was beautiful under the Sun, from the scaffolding of the construction site to the obese man scratching his belly; noises, like the clatter of trains or the roar of cars accelerating, joined the music instead of interfering with it, like a strange signal my narcotized brain interpreted like “the flux of existence” or something similarly pompous; the war I wage against reality had given way to a ceasefire, for I no longer cared about yesterday’s elections or tomorrow’s exam.
I was merely an observer, and I was happy observing. For the first time in a long time, perhaps in my life, I could think about, without suffering a terror attack , about death, entropy or the passage of time.
And thus I have been until now, when I’ve decided to write this so I can remember it someday, were to have the bad luck that it should not happen again.





Ahora mismo estoy drogado. De sol y música.
Hace un par de horas estaba yendo al supermercado a comprar mientras disfrutaba del sol radiante, cuyos rayos me estaban sofocando de una manera que, sorprendentemente, era del todo menos desagradable, cuando en mi iPod ha empezado a sonar esta canción.
Pocos instantes después todo había cambiado: Estaba en paz; todas esas chorradas “new-age” de la armonía, la paz interior, el zen, etc. me parecían sensatas y naturales; todo lo que hacia ocurría de manera automática, desde cruzar la calle hasta agacharme para coger la menestra en el supermercado; todo era precioso bajo el sol, desde los andamios del edificio en construcción hasta el señor obeso que se rascaba la barriga; los ruidos, como el traqueteo del tren o el rugido de los coches al acelerar, se unían a la música en vez de interferir con ella, como una extraña señal que mi narcotizado cerebro interpretaba como “el flujo de la existencia” o alguna pomposidad parecida; la guerra que hago contra la realidad había dado paso a un alto el fuego, pues ya no me importaban ni las elecciones de ayer ni el examen de mañana.
Era meramente un observador, y era feliz observando. Por primera vez en mucho tiempo, posiblemente en mi vida, podía reflexionar, sin sufrir un ataque de terror,  sobre la muerte, la entropía y el paso del tiempo.
Y así he estado hasta ahora, cuando he decidido escribir esto para poder recordarlo algún día, por si tuviese la mala suerte de que no volviese a pasar.
Ahora volveré a estudiar genética, algo de lo que estoy disfrutando enormemente, que es como disfrutaría de cualquier cosa en el estado en el que estoy.

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