domingo, 2 de septiembre de 2012

No sólo pasa en la tele.



Hoy, alrededor de las 17:00, Iba de camino al local de mi cuadrilla (manera vasca de llamar a un extenso grupo de amigos) como todos los días, con la diferencia que, por pura casualidad, seguía un camino ligeramente distinto al habitual.
Entonces es cuando creo vislumbrar el trasero de una mujer y, extrañado, me paro y veo a como la mujer a quien pertenecía ese trasero entra en un portal, momento en el cual supondría que se disponía a hacer el amor y me habría ido. Sin embargo, hay algo que me da mala espina: El movimiento parecía violento, los gritos que oigo a duras penas (estoy escuchando música en mi iPod) no parecen risas cómplices y/o gemidos y la mujer se ha dejado las chancletas (me parecen de mujer, cosa que se confirmaría más tarde) fuera y la puerta del portal abierta.
Me quito los auriculares y mis temores se confirman: Oigo los gritos de una mujer despavorida y los de un hombre, estos últimos roncos e ininteligibles. Aunque no puedo ver nada, mis sospechas son lo suficientemente fundadas como para sentirme obligado a intervenir, pero al ser yo bajo (164cm) y poco dado a la violencia (ni una pelea seria en mi vida) no me veo capaz de enfrentarme a un adulto que seguramente tendrá acceso a armas blancas. La mujer grita “¡No! ¡No! ¡Socorro!” a pleno pulmón y me desespero: Temo ser el desgraciado que no hizo nada ante una agresión (o peor) en curso.
De repente recuerdo que el local de mi cuadrilla esta a menos de 200m y empiezo a correr como no lo he hecho en mi vida. Entre resuellos, explico a los 10-15 amigos de aproximadamente mi edad que encuentro allí que creo que he presenciado un caso de violencia sexista y les pido que me sigan. Ligeramente incrédulos pero dudando de que sea capaz de idear y ejecutar una broma tan pesada, los miembro de mi cuadrilla me siguen y llegamos inmediatamente al bloque. Habrá transcurrido cerca de un minuto desde que oí los gritos.
Entramos en tromba por el portal abierto, donde una anciana vecina nos dice “Beyan da“es abajo”, en euskera gipuzkoano), momento en el que bajamos a una planta baja a medio camino entre una bodega y una garaje, donde los gritos (y sollozos) son claramente audibles: Unos cuantos compañeros que hemos bajado al estrecho rellano gritamos al resto que llamen a la Ertzaitza (policía vasca) y ordenamos a gritos que deje salir a la mujer. Un compañero patea la puerta unos segundos después y ve a un hombre que él asegura estaba desnudo de cintura para abajo (yo sólo puedo asegurar que no llevaba pantalones largos) y a una mujer tirada en el suelo. El hombre cierra la puerta y nos desesperamos: Algunos compañeros se van a por palos u otros objetos que usar como armas y el mismo compañero que ha pateado la puerta le insulta y le ordena que libere a la mujer, a lo que el hombre responde que “se va a poner los pantalones y nos vamos a enterar”. Temiéndonos lo peor le grito, de la manera más firme y seria de la que soy capaz, que es ilegal lo que está haciendo, que hemos llamado a la policía y que suelte a la mujer. Se abre la puerta y la mujer sale.
Es una mujer de origen sudamericano, más baja aún que yo, y sale descalza y aterrada, por lo que apenas atina a ponerse dos botas que hay en una bolsa en la entrada: Cojo las botas, la abrazo con una mano y le pido que salga y se ponga las botas fuera. Unos momentos más tarde sale un hombre flaco, con una barba desaliñada y muy desmejorado, con un aspecto de politoxicómano que tanto podría tener 30 años como 60. Pregunta “Quién ha sido el hijoputa que me ha montado este pollo” y se encara con varios de nosotros, aunque se acobarda cuando le rodeamos. Acusa a la mujer de robarle, a lo que ella responde entre sollozos “Yo tengo que trabajar (¿?). Eso lo dice eso porque soy extranjera”. Le decimos que eso nos da igual porque lo que hacía era una barbaridad, y el hombre nos dice “eh, baña ni hemengua nauk” (Eh, pero que yo soy de aquí), a lo que le volvemos a responder que nos da igual. El hombre farfulla inconexo que él o la mujer están locos, y la insulta repetidas veces.
Entonces, en lo que podrían haber sido dos o doce minutos desde que llamamos a la Ertzaintza, llegan dos agentes en un coche patrulla (más tarde llegarían otros dos en otro) y esposa al hombre, que se resiste y vuelve a acusar e insultar a la mujer, que llora, murmura que si le encuentra le va a matar (el hombre, supongo) e intenta alejarse (sospecho que podría ser una inmigrante –quizá indocumentada- con miedo a que la policía la deporte). La Ertzaintza me pide el DNI a mí y a otros, y en unos minutos me lo devuelve y me informa de que es posible que me llamen para prestar declaración.
Los vecinos dicen que no es la primera vez (no se lo digo, pero ¿Por qué no llamaron entonces?), y me pregunto si el hombre será rehabilitado, encerrado o no volverá a las andadas. O si la mujer morirá dentro de unos días, semanas o meses. O si la deportarán. O si había mentido y había sido todo un malentendido y el hombre era incocente. Y por qué cojones tuve que haber elegido justo este día para cambiar de recorrido. Pura casualidad, dios juega a los dados y todo eso.
Volvemos todos al local y nos sentamos a comentar lo ocurrido: Curiosamente, nadie está orgulloso de haber cumplido con su obligación de haber evitado una más que posible agresión/violación/asesinato, sino que todos no cesamos de repetir lo que ha ocurrido y lo difícil que nos resulta creérnoslo, como si nuestros cerebros se negasen a aceptar que eso que vemos por los telediarios haya cruzado nuestras vidas.

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